Todo era perfecto cuando estaban juntos. No cabía duda alguna de que habían encontrado esa otra mitad de la que hablan tan popularmente como el amor verdadero. Ellos sabían que si había un corazón que podía latir acompasado con el suyo, lo habían encontrado. Todo era inolvidable, a pesar de las dificultades con las que se habían encontrado al empezar su relación. Habían llegado a ese punto en el que el resto del mundo dejaba de importar y sólo existían ellos dos, bailando juntos, como siempre, mirándose diferente cada día pero con el mismo sentimiento del principio, volviendo a amarse como nunca, como una eternidad compartida sólo con él. Hasta que llegó ese instante que cambió sus vidas para siempre. Una frase que desgarró sus corazones en mil pedazos.

  • ¿Cómo se encuentra? – pregunta el médico con frialdad.
  • Bien, dígame, ¿cómo han salido las pruebas? – contesta Guillermo ansioso sin dejar de mover su pierna de arriba abajo con nerviosismo.
  • La biopsia no ha salido bien. Tenemos que operarle para quitarle el quiste porque es maligno – explica el médico con esas gafas de pasta azul marino y una cara que era la definición perfecta de la palabra lástima.

Guillermo se queda sin palabras. Quería pensar que todo iba a salir bien, tal y como Nico se había empeñado en asegurar, pero él sabía que no iba a ser así. Ahora ya no queda duda alguna. La certeza de una pesadilla. Nota la mano de Nico apoyada en su pierna, siente como la aprieta para decirle que esté tranquilo. Sin embargo, un nudo se instala en su garganta, le duele el estómago, sus manos comienzan a temblar y cada segundo que pasa de esos pocos minutos le cuesta más reprimir las lágrimas.

  • ¿Cuándo será la operación? – rompe Nico el silencio que se ha instalado en la consulta.
  • La vamos a programar para dentro de dos semanas, necesitamos que haga el preoperatorio, le doy todas las citas, pase por admisión… – comienza a relatar el médico moviendo los papeles de un lado a otro, mientras Guillermo no escucha ni una sola palabra – Guillermo – alza la voz el médico.
  • Disculpe, dígame – contesta él intentando relajarse – tiene que estar tranquilo – se quita las gafas y comienza a hablar en un tono más cercano – el tumor está muy localizado, lo vamos a operar rápidamente y es posible que no sea necesario darle quimioterapia.

Nico escucha esa palabra maldita y por su cabeza comienzan a pasar cientos de imágenes durísimas. No le puede pasar nada. No puede morirse. Él no. Sin Guille nada tendrá sentido. El corazón le late desbocado sintiendo que se le va a salir por la boca mientras intenta serenarse. Observa a Guillermo y lo ve mirando al frente, intentando mantener la compostura, y su corazón se parte en mil pedazos. Por favor, él no.

Salen de la consulta dados de la mano. Siempre juntos, habían asegurado cientos de veces que juntos iría todo bien, pero ahora no dependía de ellos. Un tumor maldito se había colado en el cuerpo de Guillermo para desgarrarles lo más puro de su vida. En cuanto cierran la puerta, Nico se gira hacia Guillermo.

  • Tranquilo mi amor. Todo va a ir bien, recuerda que dados de la mano jamás caeremos – le coge la cara con las manos con ternura, lo mira a los ojos, le acaricia la mejilla dulcemente intentando tranquilizarlo. Él, por su parte, se había prometido antes de cruzar esa puerta ser fuerte. Está convencido de que todo irá bien.
  • Tengo miedo – responde indefenso Guillermo.
  • El doctor nos ha dicho que está muy localizado. Lo van a operar y es posible que no tengan que darte quimioterapia. Si tienen que hacerlo no pasará nada – Nico no quiere hacerle ilusiones que luego puedan romperle más – lo importante es que te pongas bien. Tenemos que ser muy fuertes mi vida. Todo va a ir bien, estoy seguro – le dice convencido.

Guillermo no puede soportarlo más y rompe a llorar como un niño indefenso. Nico nota como se abraza a él con tanta fuerza que podría romperle las costillas. Necesita sentir su amor, su apoyo, se acerca tanto a él que parece que quisieran formar parte de un solo cuerpo, estar tan juntos que absolutamente nada, ni una enfermedad horrible, pueda separarlos. Quieren burlar al destino y quedarse así, quietos, juntos, sin que una gota de aire pase entre ambos para no separarse nunca.

Nico pasa todo el camino de vuelta a casa intentando animar a Guillermo, le asegura que todo va a ir bien, que el médico lo ha asegurado, sin dejar de sonreír con esa mirada que sabía que había enamorado al amor de su vida. Sabe lo importante que es para Guille verlo bien a él y ahora le ha tocado ser el fuerte. Al llegar a casa va directo al baño, se sienta en el borde de la bañera y comienza a pensar en las palabras que le ha dicho el médico. Quiere recordarlas una a una intentando buscar en ellas cualquier halo de esperanza. Respira varias veces antes de salir del baño, mantiene las lágrimas y, de nuevo sonriente, se reencuentra con Guillermo. Lo ve tan vulnerable sentado en el sofá con la cara entre sus manos que siente como si un cuchillo se clavara en lo más profundo de su corazón. Se acomoda junto a él, lo abraza fuerte y así pasan horas, de nuevo juntos, aprovechando cada segundo que la vida les regala al lado del otro.

Nico intenta asimilar las palabras que le ha dicho el médico. Se promete aferrarse a la convicción de que todo va a ir bien. Después de haber pasado horas abrazado a Guillermo, quién se ha quedado dormido del agotamiento de las emociones sufridas durante el  día, le echa una manta por encima para que no coja frío, le da un beso en la mejilla con cuidado de que no se despierte y se va a preparar algo para cenar. Llega a la cocina, abre la nevera y se queda pensativo viendo las cosas que hay. Recuerda como hace un par de días hicieron la compra juntos en el supermercado de al lado de su casa. Un acto cotidiano que ellos siempre hacían juntos y que, ahora, Nico veía como algo único.

  • Los seres humanos somos todos iguales. No valoramos lo que tenemos, las pequeñas cosas de la vida, queriendo conseguir algo más… Nunca estamos conformes hasta que en un segundo tu vida cambia por completo… Y es ese el momento en el que te das cuenta de lo gilipollas que has sido… – relata Nico hablando solo con la puerta del frigorífico abierta.

Sus ojos se llenan de lágrimas al recordar la sonrisa constante de Guillermo. Es un hombre masculino, alto, delgado y con el pelo, que siempre solía llevarlo rapado, de color negro. Sus ojos son grises y tienen unas pequeñas motitas negras que los hacen únicos. Pero sin duda, lo que más valora Nico de su novio es su forma de ver la vida, siempre sonriente, alegre y divertido. De pronto, el móvil de Nico vibra en la mesa de la cocina. Se limpia rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano. La luz le indica que su padre lo llama. Nico inspira, su pecho se infla, coge fuerzas y descuelga el teléfono.

  • Hola papá – dice con tono cansado.
  • Hola hijo. Te he llamado varias veces y no conseguía dar contigo – tiene la voz nerviosa – y encima Guillermo tiene el móvil apagado. ¡Cuéntame hijo! ¿Qué os ha dicho el médico?
  • Papá… – se echa de nuevo a llorar.
  • ¿Qué ha pasado hijo? – pregunta con tono preocupado.
  • Tiene cáncer – Nico siente esas palabras, esa maldita palabra que le clava una yaga en el corazón, siente dolor físico al pronunciarla.
  • Tranquilo Nico – su padre se siente impotente ante el dolor que percibe a través del teléfono. Sabe lo que significa Guillermo para su hijo.
  • ¿Qué vamos a hacer papá? Si a Guille le pasa algo te juro que yo me muero. Nada tiene sentido si no es con él – niega varias veces con la cabeza apretando con rabia sus labios.
  • Ahora tenéis que ser fuertes, es durísimo, pero juntos lo vais a superar. Igual que habéis superado otras cosas – intenta calmarlo.
  • Las cosas que hemos pasado ahora me parecen nada en comparación con lo que está ocurriendo en este momento. Nos ha dicho el médico que lo van a operar en dos semanas. Y según salga la operación y las pruebas posteriores nos irán diciendo si tienen que ponerle quimioterapia o no… – vuelve a sentir un dolor en el estómago – papá… es el amor de mi vida. Nada tiene sentido si él no está bien. Teníamos tantos planes juntos…
  • Y los tenéis que seguir haciendo Nico. Todo va a salir bien hijo – asegura – ahora tienes que apoyarlo, tienes que intentar estar bien delante de él para que no se venga abajo.
  • Lo sé. Eso es lo que he estado haciendo todo el día, pero ahora al hablar contigo me he venido abajo. Me duele el alma… – Nico siente como le tiemblan las manos.

Después de hablar con su padre y desahogarse se siente un poco más tranquilo. Vuelve al salón y ve a Guillermo durmiendo tranquilamente. Sonríe. Vuelve a la cocina, coge un vaso de agua, saca la jarra del frigorífico y se sienta en uno de los taburetes. Bebe un trago y la siente fresquita. Suspira. Sabe que tiene que relajarse y pensar en positivo. Recuerda como había empezado su historia.

Como cada mañana, Nico cogía el tren de Cercanías para ir a su trabajo. Desde hacía dos años trabajaba en una empresa de publicidad que tenía la oficina en la zona de Nuevos Ministerios, en Madrid. Había tenido suerte. Después de terminar la universidad estuvo trabajando en varias empresas en los que los contratos no llegaban a más de tres meses y de las que había cobrado un sueldo ridículo. Hasta que el día llegó. Recuerda como llamaron a su móvil, preguntaron por él y lo citaron para una entrevista. Había pasado varias fases y, finalmente, había conseguido el puesto. Su primer contrato había llegado. Esa mañana, como cualquier otra, esperaba el tren en la estación de Atocha, con los cascos puestos escuchando su canción favorita: Hoy te prometo, de Il Divo. Llegó el tren, después de haber estado esperando tres minutos. Se abrieron las puertas y al subir los escalones lo vio. Ahí estaba ese chico otra vez. Otro día más se fijó en esos ojos grises que lo habían dejado impactado desde el primer día. Hacía ya varios meses que coincidían en ese vagón. Todas las mañanas, de cada día de la semana, el encuentro de esos pocos minutos hacía que el resto de la jornada su cabeza estuviera centrada en esos ojos grises. Nico notaba como el otro chico lo miraba y cuando sus ojos se cruzaban, él le mantenía la mirada, sin embargo, Nico, con timidez, la retiraba. Hasta que esa mañana, algo cambió. La canción de Il Divo estaba en su punto más alto y Nico, entre la música y el gris de esa mirada, no pudo evitar que sus labios dibujaran una ligera sonrisa. Pasó por su lado y notó como sus manos se rozaron. El tren estaba a rebosar de gente y el contacto con aquel chico era directo. Nico sintió que el mundo se paraba bajo sus pies. Quería que el tren se estropeara y se quedaran retenidos dentro del vagón, así, tal y como estaban, sin moverse ni un centímetro para seguir sintiendo el calor que aquel chico moreno le transmitía. Aquella sensación de desasosiego, de sentir como el corazón le latía tan fuerte que podría estallar en cualquier momento y ese cosquilleo instalado en su estómago. Pero la llegada a la siguiente estación lo sacó de sus pensamientos. Leyó el cartel: Recoletos. Sabía que ahí se bajaba su acompañante de cada mañana. El tren paró y Nico se dejó caer hacía el lado izquierdo, hacia esa persona que le acababa hacer sentir que volaba mientras el tiempo se detenía. Se abrieron las puertas y algunos pasajeros fueron descendiendo del tren. Nico notó como aquel chico le volvió a rozar la mano. Juraría que fue totalmente provocado. Una vez que se bajó, lo vio andar por el andén. Las puertas volvieron a cerrarse y el tren retomó la marcha. Nico suspiró. Estaba sudando. Se mordió el labio intentando evitar sonreír.

Pasó todo el día pensando en ese roce de manos. Ese ínfimo segundo que había sentido a aquella persona, que sin conocer ni haber hablado con él en su vida, le hacía sentir esa cantidad de sensaciones. Se levantó al día siguiente deseando reencontrarse con el pasajero de ojos grises, como él lo había bautizado. Salió de casa y, justo cuando quedaban dos minutos para que llegara el tren, volvió a buscar la canción de Il Divo. Si le había dado suerte el día anterior, tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano para que el trébol invisible de cuatro hojas se instalara de nuevo en su bolsillo. Con nerviosismo miraba el cartel luminoso que indicaba el tiempo que quedaba para que llegara el próximo tren. En ese momento, viendo a la gente correr, literalmente, de un lado a otro pensó en el estrés que producía esa ciudad. Sin embargo, a él le encantaba. Le hacía sentirse vivo, creía que era uno de los momentos en los que te sentías parte del mundo. Volvió a mirar el cartel que anunciaba que el tren iba a entrar en la estación. Le dio al play y la canción volvió a sonar en su ipod. El corazón volvía a latir por su cuenta como un caballo desbocado, Nico volvió a morderse el labio, el tren hizo su aparición y su estómago se llenó de sensaciones. Los minutos hasta que se paró delante de él se le hicieron eternos. Por un momento, llegó a pensar que iba a pasar de largo sin detenerse. Pero nada más lejos de la realidad. Como cada mañana a las 8:27 se detuvo frente a él. Las puertas se abrieron. Había mucha gente pero rápidamente localizó esos ojos de nuevo, que lo miraban expectante. Se metió entre la gente y se colocó al lado de aquel viajero. Como la jornada anterior, con la diferencia de que ese día fue Nico quién le rozó la mano. El tren comenzó a andar mientras él vio un cartel publicitario que quedaba justo delante de sus ojos, encima de la puerta: “Sólo dime ¡ven!… y lo dejo todo”. Le recordó a aquella canción. Sonrió al pensar en las casualidades de la vida. Miró de soslayo a su acompañante de cada día durante esos pocos minutos que había de una estación a otra y vio como él también estaba mirando el cartel. Volvió a sentir lo mismo que el día anterior. Era tan breve el instante y tan grande las sensaciones que experimentaba que jamás había sentido en toda su vida. Sensaciones que solo él le podía hacer sentir. El tren se detuvo. Otra vez se dejó caer para acercarse al viajero. Observó como bajó las escaleras y fuera del vagón, antes de que retomara la marcha, le sonrió. Nico le devolvió la sonrisa. ¡Madre mía! Si quedaba alguna duda ya estaban todas despejadas. Eso no era sólo cosa de él, al otro chico le pasaba lo mismo. Lo sabía. Estaba seguro de ello. Nico llegó a su parada y cuando bajó del tren metió su mano en el bolsillo y, de pronto, notó un trozo de papel que él, por más que pensó, sabía que no había metido. Lo sacó. Era un trocito de papel blanco doblado en dos. Lo abrió mientras andaba hacia la salida y leyó:“¡Ven!”. Al principio se quedó un tanto confuso al leer aquella palabra. “Ven”, repetía varias veces mientras seguía andando hacía las escaleras mecánicas. Hasta que de pronto paró en seco.

  • Sólo dime ¡ven! – dijo mientras recordó el anuncio publicitario que había dentro del tren.

Y tal como había dicho aquel papel eso fue lo único que necesitaron. Nico, sentado en la cocina, recuerda como el día siguiente de haber leído la nota, cuando ambos viajaban de nuevo juntos, se inclinó hacia su izquierda y casi en susurros le dijo: ven. Él se giró, le sonrió y se bajó del tren. Así, poco a poco, cada día una señal nueva, más palabras en los pocos minutos que duraba su encuentro. Hasta que llegó esa primera invitación a una copa, las salidas a los parques, las películas en el cine y ese primer beso que hizo su aparición, como no podía ser de otra forma, frente a la puerta del tren que viajaba rumbo a Nuevos Ministerios. Un día, una mañana, a las 8:32 frente a la parada de Recoletos.

Suena el despertador. No habría sido necesario, ya que Nico y Guillermo han pasado prácticamente toda la noche despiertos. Ha sido una de las noches más eternas de toda su vida, parecía que el reloj se había detenido sin intención de seguir marcando los minutos. Han pasado dos semanas desde que el médico le dijera a Guillermo esas malditas palabras, la enfermedad se había colado en sus vidas dejándoles sin aliento. Abrazado a Guillermo, Nico recuerda aquel día y repasa como han sido esos últimos quince días. Su novio siempre había sido una persona risueña, divertida y feliz, algo que, por más que había intentado, había quedado en el olvido. Nico lo animaba, le hacía reír, quería que fuese la misma persona feliz de siempre, y organizaba planes para estar ocupados y no tener la cabeza continuamente centrada en lo mismo. Sin embargo, cada instante de felicidad se veía enturbiado en cuanto su mente volvía a pensar en lo que estaban viviendo. Niega con la cabeza y coge todas las fuerzas que no tiene para abrazar a Guillermo y darle un suave beso en los labios.

  • Buenos días mi amor – le dice Nico con cariño acariciando su rostro.
  • Hola – contesta Guillermo cerrando los ojos mientras se abraza con fuerza al torso desnudo de Nico.
  • Por fin ha llegado el día y va a pasar todo – asegura con el corazón a cien por hora.
  • Tengo miedo – Guillermo parece un niño pequeño asustado que quiere acurrucarse en los brazos que lo sujetan – ¿sabes? Cuando estoy así parece que todo va a ir bien, que no existen los problemas.
  • Cuando estés en ese quirófano estaré pensando en este momento, dándote toda la energía positiva que pueda. Abrazándote sólo con pensar en ti, así que, puedes estar tranquilo, ya tienes la certeza de que todo irá bien – contesta dicharachero Nico, intentando restarle importancia a la operación.
  • ¿Te acuerdas cuando estuvimos en aquel pueblecito de Ávila? – se incorpora mirando a los ojos a Nico mientras apoya sus brazos en su torso fuerte, quién asiente con la cabeza – cuando salíamos a pasear veíamos muchas estrellas fugaces – se queda pensativo – aquel día que nos tumbamos en la roca y estuvimos mirando al cielo perdiendo la noción del tiempo le pedí un deseo a una estrella fugaz. Había leído en alguna novela romántica que se cumplen.
  • Dicen que lo importante es creer en ello – asegura con esa voz calmada que tanta paz le da a Guillermo.
  • Le pedí que siempre estuvieras bien. Que nunca te pasara nada, cerré los ojos y lo pedí con muchísima fuerza. Y me hizo caso. Mi deseo se cumplió porque estás bien. Al ver que funcionaba, desde aquel día, cada vez que he tenido la suerte de ver una estrella fugaz le he vuelto a pedir lo mismo. Al final, desee con tanta fuerza que siempre estuvieras a mi lado, que se me olvidó pedir por mí… – habla con un hilo de voz de nostalgia – Debe ser que por eso me ha pasado esto… – se enfada, su vena del cuello se hincha, hasta que respira profundamente, mira los ojos de Nico y se intenta tranquilizar de nuevo, vuelve a acurrucarse en sus brazos, necesita sentirse protegido junto a él para estar bien – a pesar de eso, volvería a desear con toda la fuerza del mundo que siempre estuvieras bien. Porque sin ti mi vida no tiene sentido.
  • Eres increíble – Nico está emocionado y no puede casi hablar. Siente un nudo en la garganta e intenta con toda la fuerza que tiene contener las lágrimas. El amor de Guillermo hacia él es tan fuerte que, a pesar de estar pasando por esa enfermedad, lo único que quiere es que Nico siga estando bien.
  • Tú me has hecho increíble. Todo a tu lado es inolvidable. Me da igual ir a una playa paradisiaca, a la ciudad más bonita del mundo, a lagos de esos que reflejan el sol en el agua o a una simple calle de Madrid a sentarnos en un banco, la más fea de todas – dice sonriente – o simplemente a un vagón de metro. ¿Sabes por qué? Porque todos los sitios están inundados de estrellas, en Madrid no se ven, pero están ahí arriba, esperando que podamos escaparnos para pedirles cientos de deseos. Y porque esté donde esté, contigo, siempre estoy rozando las estrellas.

Nico se emociona. No puede evitarlo. Sus ojos se vuelven vidriosos mientras escucha con atención las palabras de Guillermo. No quiere pensarlo, pero es como si se estuviera despidiendo de él, como si quisiera decirle todo lo que siente para que siempre lo recuerde. Nico levanta la cara de Guillermo con las dos manos, lo mira a los ojos y lo besa intensamente.

  • Gracias por regalarme un cielo inundado de estrellas – contesta él susurrando muy despacio al oído de Guillermo.

A su llegada al hospital, los esperan los padres de Guillermo. Los pasos hacia ellos los van acercando a un momento muy triste y emotivo. Nico aprieta con fuerza la mano de Guillermo al ver que él se emociona. Al llegar se abrazan fuerte, Nico se queda en un segundo plano mientras observa el cariño que se tienen. Entran al hospital y rápidamente llegan a la habitación que le han asignado. Casi sin darles tiempo a ubicarse, llega una enfermera a toda prisa que le da a Guillermo un vasito blanco con un líquido para que tome, le da un camisón y le dice que en un minuto vuelve a por él para llevárselo a quirófano. Nico piensa en lo acostumbradas que están a eso, es algo que para ellas es el día a día y para él es todo un mundo. No puede dejar de mirar a Guille que está muy nervioso. Se pone el camisón blanco. Al segundo vuelve la enfermera y con rapidez le dice que se tumbe en la cama. Él le hace caso y se tapa con la sábana sin quitar sus ojos de los de Nico. La enfermera tira de la camilla y la madre de Guillermo se acerca a darle un beso en la frente. Nico se queda detrás, no le da tiempo a acercarse a él porque la enfermera, bastante desagradable, dice que se lo lleva. Pero si le da tiempo a mirarlo, a fijarse en esos ojos grises y sin palabras decirle que todo irá bien.

Nico está de los nervios, las horas de la operación pasan despacio. Intenta tranquilizarse y así calmar a los padres de Guille. Pide al cielo una y mil veces para que todo salga bien. Creyendo que una estrella fugaz cumplirá su deseo. Le duele el estómago, los nervios se han instalado en él y parecen no querer salir de ahí. Después de dos horas, cuando están en la sala de espera, miran la puerta sintiendo el corazón a punto de explotar cada vez que sale un doctor, pero ninguno es el que iba a operar a Guillermo. Repiten nombres de los pacientes para que los familiares se acerquen y les informen. Sin embargo, el nombre que ellos esperan no llega. Nico se levanta nervioso y pasea de un lado a otro de la sala de espera. Le duele muchísimo el estómago. Por fin, aparece el doctor que él conoce bien. Dicen el nombre de Guillermo y los tres se acercan con la esperanza de escuchar que todo ha salido bien.

  • Hemos quitado el tumor. La operación ha salido bien, pero, efectivamente era maligno, no sabemos todavía si necesitará tratamiento o no, por si se ha colado alguna célula cancerígena al organismo. Tiene que venir a hacerse unas pruebas y le diremos. En una hora y media subirá de reanimación – dice el doctor con una frialdad imposible de entender por Nico.

Nico repite en su cabeza varias veces eso de si se ha colado alguna célula y el pánico se apodera nuevamente de él. Tendrán que esperar, por una parte está feliz, porque la operación ha salido bien y en horas podrá estar con él, aunque no sabe cómo va a decirle lo de la maldita quimioterapia.

  • Ojalá no la necesite… – pide con toda la fuerza del mundo Nico.

Ha sido un año durísimo. El más difícil de su vida. Tanto para Nico como para Guillermo. Ahora, dados de la mano esperan en la sala de espera. Esa consulta será determinante, el doctor va a decirles como han salido las últimas pruebas. Nico recuerda aquel día de la operación, cuando lo vio aparecer en la camilla sonriente, tranquilo al haberlo pasado. Rememora el día en el que el médico les dijo que tenía que darse quimioterapia. Esos meses habían sido horribles, con todas las consecuencias del maldito tratamiento. Sin embargo, Nico jamás había decaído, sabía que Guillermo se iba a curar, tenía la certeza de que juntos le ganarían la batalla a esa maldita enfermedad.

  • Guillermo Núñez – llama la enfermera.
  • Sí – contestan Guillermo y Nico al unísono.

Se levantan, suspiran, siguen sin soltar sus manos. Entran en la consulta del doctor y ansiosos esperan las palabras que les devuelvan a la vida o vuelvan a quitársela. Se miran a los ojos, Nico vuelve a apoyar su mano en la pierna de Guillermo para infundirle ánimo. El doctor comienza a hablar, explica como han salido las pruebas, con la misma frialdad que siempre. Hasta que pronuncia esas palabras con las que habían soñado tanto tiempo.

  • Está curado – dice dejando un atisbo de sonrisa, que a Nico le hace pensar que tiene corazón – tiene que hacerse pruebas durante diez años. La primera será a los tres meses, la segunda a los seis, después al año…

Nico deja de escuchar las palabras del doctor. Sólo se ha quedado con algo en su cabeza. Está curado. Quiere retener ese momento para el resto de su vida porque sabe, sin duda alguna, que es el más feliz. Desea que el médico termine de hablar para salir rápidamente de allí y poder abrazar y besar a Guillermo.

Salen de la consulta. Se miran y se abrazan felices, Nico coge el brazo de Guillermo, lo levanta y comienza a bailar con él por el hospital. Se dan cuenta de que la gente los mira pero les da igual. No hay nada más importante en ese mundo que ellos dos, juntos, porque saben con total certeza que sin el otro nada tiene sentido y así será el resto de sus vidas. Salen del hospital y lloran de alegría, se abrazan y se besan, corren y se sienten las personas más dichosas del planeta. Ha sido el peor año por el que han pasado. Nico no ha decaído ni un solo momento, todo el mundo le preguntaba por Guillermo y nadie, sólo su familia, se había parado a preguntarle cómo estaba él. Porque él lo estaba viviendo casi tanto como Guille, la impotencia de no poder ayudarlo, de sufrir junto a él esos meses, el saber que la persona a la que amas con el alma se cansa de luchar mientras tú no te puedes permitir tropezar, ni un poquito, hay que mirar al frente y seguir adelante. Y así había sido. Habían mirado al frente y todo había ido bien, tal y como Nico le había prometido tantas veces. Él también había tenido miedo, muchísimo, Guillermo era la persona con la que quería pasar el resto de su vida. Se había imaginado sólo, sabía que no debía hacerlo pero no había podido evitarlo, había pensado en su vida sin Guille, por las calles de Madrid, en la casa que era de los dos y se le partía el alma cada vez que pensaba en ello. Sabía que no podría vivir así.

De la mano se montan en el tren, saben perfectamente cuál será su destino. Se sientan mirando de frente el lugar donde estaba aquel cartel. Ahora hay otro, sin embargo, ellos se imaginan aquel que los unió. El tren arranca, ellos se sonríen, no hay persona en el mundo más feliz que aquella pareja, llegan a la estación de Recoletos y frente a ella se miran, se dan un beso suave en los labios. Su corazón sigue palpitando como aquellos días en los que se rozaban tímidamente de estación a estación.

  • No hace falta que me digas ven, hace tiempo supe cual es la dirección que quiero seguir el resto de mi vida y la meta la encuentro siempre en esos ojos grises – dice Nico feliz sabiendo que Guille seguirá a su lado.

A veces creemos que vamos a caer, que el golpe dolerá tanto que nos destrozará, sentimos como la vida se nos va de las manos sin poder hacer nada para aférranos a ella, mientras la impotencia se adueña de nosotros. Pero no podemos olvidar que, en esa caída, pueden salirnos alas que nos hagan volver a volar.

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