Nunca había tenido problemas para relacionarse con el sexo opuesto, era un chico guapo, alto, moreno, con los ojos marrones, simpático, risueño y buena persona. Su físico no era de un atractivo sobre natural, sin embargo, tenía una sonrisa preciosa, especial y sincera, que trasmitía felicidad. 

Había tenido muchas novias, unas en un tono más serio que otras, pero no había tenido suerte en el amor. Al final, él se cansaba, ellas lo dejaban o el amor se acababa (eso decía una u otra parte). Hasta que un día llegó ella, para él nunca habría nadie igual. La vio y desde que posó sus ojos sobre ella supo que iban a pasar el resto de vida juntos.

Hicieron falta pocas palabras, unas cuantas miradas y mucha complicidad para iniciar una historia que se escribiría como única. Ella le hacía sentir una calma que nunca había tenido, ya no sentía esa imperiosa necesidad de estar perfecto, de esforzarse en caer bien, de agradar con cada comentario o de llenar cada cita de flores para hacerla única. Todo eso se había esfumado, cuando estaban juntos, sólo se necesitaban el uno al otro para hacer cada momento especial.

Ella le había hecho poner los pies en el suelo sintiendo que tenía alas para volar, ella le había regalado lo mejor de su vida, que era compartirla con él, ella le hacía sentir en calma, le daba la tranquilidad que su corazón necesitaba. Le daba todo sin hacer nada.

Hasta que esa calma desapareció. Fue el peor día de su vida, volvían de viaje y charlaban de cual sería su próximo destino. Se reían, hacían bromas, planeaban un futuro… A él le encantaba oír su voz, escuchar su risa, ver cómo le brillaban los ojos de felicidad, por eso, se giró, para mirarla y verla sonreír, por última vez.

Ella le había dicho muchas veces que no hiciera eso, que un día iban a tener un susto. Pero el susto jamás llegó, pasó directamente al hecho. Un accidente que borró todos los planes dibujados hacía escasos minutos en un cuaderno imaginario.

Se fue, sin poder decirle adiós, sin despedirse… Pero se fue como a él más le gustaba, sonriendo, feliz, regalándole su vida en una mirada. Él se culpó de lo ocurrido, maldijo el momento en el que el golpe fuerte lo recibió ella, habría cambiado su asiento sin pensarlo… Pero ya era tarde, nada la traería de vuelta, por más que le implorara al cielo que le devolviera esa calma que su corazón necesitaba, esa calma que sólo ella había conseguido darle.

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